La familia Lorenzale

Hoy cumple, Miguel, el mayor, cincuenta y ocho años y con ese motivo quiero regalarle recuerdos que tengo de ellos y su familia cuando pequeños, por aquello de que la memoria se va perdiendo y después no hay nadie que la recupere.

Tus padres, Javier Lorenzale y Pilar Nuñez de Castro, llegaron a Sevilla allá por los años sesenta (sobre el 65 o 66). Nuestros padres, Benito y Javier, se conocían del trabajo. Mira qué casualidad que acertamos a vivir en la misma casa, nosotros en el 2º y vosotros en el 4º. Casualidades de la vida, hoy viven allí mis hijos, Benito en el 2º y Pedro en el 4º. Ahí empezó una relación vecinal que se hizo muy frecuente y que llegó a consolidarse con la misma identidad que una familia.

Tus padres venían con 3 niños pequeños y necesitaban toda la ayuda que fuera posible, pero sobretodo porque vuestro traslado a Sevilla había hecho que os alejárais de toda esa gran família que teníais en Málaga.

Mis padres, a los que les encantaban los niños chicos, pronto empezaron a cogeros tanto cariño que vosotros os sentíais como en vuestra casa. Al llegar del colegio os pasábaisa ver a Dolores y elegíais con qué menú os quedábais, a pesar de que tu madre era una gran cocinera. Recuerdo a mi madre el día que hacía arroz que siempre echaba un puñaito más por si venían los niños a comer. Ese arroz con higaditos, que tu hermana Pilar no olvida, era seguro que se saboreaba con nuestros niños del 4º.

Era una relación especial, no éramos familia pero teníamos grandes lazos de cariño como si lo fuésemos y evidentemente yo no quiero que esto se pierda, ese legado me lo inculcaron bien y yo os sigo queriendo con todo mi corazón, aunque por circunstancias me vea más frecuentemente con Jaime, el más pequeño, con él me pongo al día de todas vuestras andaduras y os sigo la pista; ahora tengo más perdido a Carlos.

Todos vivísteis la enfermedad de mi padre y nos hicísteis mucha compañía que nos servía de gran consuelo en esos momentos tan dolorosos. No se me olvidará el gran abrazo que me dio tu padre cuando ya mi padre dejó de respirar, él estaba allí en la habitación con mi madre, mi tía Coral y nosotros.

Recuerdo, Miguel, que un día te pilló tu padre fumando, tú tendrías unos 10 u 11 años y  se puso muy serio ante ti y te dijo. ¿Tú quieres fumar? Pues ahora te vas a enterar, por si te quedan ganas después de esto… te dio un puro y te dijo que eso era lo que hacían los hombres. Después de eso, al menos durante un tiempo, se te quitaron las ganas de llevarte un cigarro a la boca.

Javier era un niño bueno, más serio que tú. Miguel tú eras muy cariñoso y divertido, con las mismas habilidades manuales que tu padre.

Nacieron después, Carlos y Jaime. Carlos era el más travieso de todos. Un día cuando vino de la guardería nos contó lo que había hecho. La entrada estaba en alto y para entrar cada niño se ponía en un escalón, él que estaba el primero empujó al segundo y cayeron todos al suelo como fichas de dominó. Le riñeron mucho por su travesura pero por detrás nos dimos un buen lote de reír imaginando la situación de todos cayendo.

Cuando tus padres salían de noche yo os cuidaba y me quedaba con vosotros hasta la hora que volvían, que nunca era temprano porque ellos sabían vivir la vida y divertirse con sus amigos todo lo que podían.

A Jaime lo apadrinaron mis padres y esto hizo aún más fuerte la relación entre las dos familias.

Ahora estamos en contacto a través de las redes y espero que por mucho tiempo, aunque no estaría mal que un día nos viésemos todos y echemos un buen rato juntos, como en aquellos tiempos. Te dejo el testigo, encárgate de organizarlo.

Muchos besos y que cumplas muuuuchos más, Miguel.

 

 


¿Cómo vivió la Expo92 en Sevilla?

Durante seis meses la Expo 92  para mi madre supuso un aliciente que la hacía salir cada día, para descubrir nuevos mundos, para aprender, para hacer fotos por primera vez en su vida, para organizar su vida en torno al horario que ella consideraba oportuno para ir sola.

Se levantaba temprano, arreglaba la casa y dejaba la comida hecha… se iba a la Expo sobre las 10 de la mañana, se tomaba un café en el pabellón de Colombia y empezaba su ruta… estaba pendiente de todos los espectáculos que había en el Palenque, se sabía a qué hora daban el aceite en el Pabellón de Toledo e iba por sus botellitas de regalo… Sobre las dos de la tarde volvía a casa para comer y descansar un poco, hay que tener en cuenta que era época de buen tiempo en Sevilla, días muy calurosos acompañaron esta Expo.

Sobre las 6 de la tarde se iba otra vez hacia La Cartuja y continuaba con el recorrido que había dejado por la mañana… así seguía hasta el atardecer, la cabalgata de calle y los fuegos artificiales los veía los fines de semana que venía con nosotros porque por la noche a ella no le gustaba estar sola por la calle.

Se visitó todos los pabellones dos o tres veces, vió todos los espectáculos del Palenque y asistió al día dedicado a cada lugar; el día de su cumpleaños le regalamos una cámara de fotos y ha sido el mejor regalo que le hicimos en su vida, hizo muchas fotos que rápidamente sacaba y guardaba en sus álbumes, no había las digitales y se gastó un dinero en sacar cada carrete en papel.

Los fines de semana mi madre venía con nosotros y nos iba guiando, no sé cómo se las ingeniaba pero se colocaba en todas las colas al principio de las mismas, la gente la respetaba porque ella decía “Niño que me duelen mucho las piernas, miarma…”, se ganaba a la gente, así se colocaba ella de las primeras y después nos metía a nosotros para que la acompañásemos… era toda un artista en estos asuntos.

La noche del viernes y la del sábado preparábamos bocadillos, allí había muchos sitios para comer pero era cara y con los niños, 13 años Benito José y  10 años Pedro, era mejor llevar la comida resuelta, además así aprovechábamos más el tiempo y pasábamos por más pabellones.

Así pasó mi madre los seis meses de la Expo 92 en Sevilla, cuando aquel acontecimiento terminó le quedó un sentimiento de malestar, se puso mala de las piernas y entró en una pequeña depresión, producida por la falta de actividad diaria, lloraba sin saber por qué y se encerró en casa durante un tiempo con el pretexto de que con las piernas no podía andar. Pronto se le pasó porque ella era muy fuerte y sabía luchar contra las adversidades y los problemas que le viniesen.

Un día Benito José yendo con la bicicleta, perdió los frenos y se estampó contra la luna trasera de un coche, sólo se rompió la clavícula porque se podía haber matado, el caso es que ese fin de semana teníamos proyectado ir a la Expo y el niño estaba sin poder moverse, con la clavícula inmovilizada… pues fuimos con una silla de ruedas que nos prestaron. Ese fue el fin de semana que más cosas pudimos ver ya que no guardábamos colas, entrábamos por los accesos vip y hasta nos acompañaban, él estuvo todo el tiempo muy incómodo porque le dolía pero fue una gozada poder aprovechar esos días entrando en los sitios del tirón, la Expo estaba totalmente adaptada, salvadas todas las barreras arquitectónicas, por eso el llevar la silla no fue muy incómodo.

Fueron unos meses intensos, no queríamos perdernos nada y había mucho que ver, fue una apertura de mente hacia la cultura que difícilmente vamos a olvidar las personas que tuvimos la suerte de visitarla.

Hoy hace 20 años de la inauguración de la Expo 92 y por eso he querido escribir esta pequeño resumen de mis recuerdos.

Post publicado originalmente en La Colina de Peralías