Me contaba mi madre…

Allá por los años cincuenta mi madre estaba amamantando a mi hermano (sólo año y medio mayor que yo) cuando, tanto mi hermano como ella, mi madre, sufrieron de unas fuertes diarreas… tras las oportunas averiguaciones médicas, esta fue la señal  de que estaba embarazada de mí.

Mi hermano era un niño muy guapo, moreno, de pelo negro y rizado, con un gran parecido a mi madre, y ella decía, que se parecía a su padre, que murió muy joven afectado por la enfermedad de los pedreros (silicosis); mi abuelo hacía las ruedas de molino, es decir, era un especialista de la piedra, no se dedicaba a sacar de las canteras sino que moldeaba los grandes bloques para hacerlos redondos y que sirvieran para moler el trigo o las aceitunas para sacar el aceite.

Nací un veinte de octubre, parece que era sábado, gordita, estado que no me ha abandonado en toda mi vida, de pelo rubio y rizado, con un fuerte parecido a mi padre (antiguamente se decía que esto era una honra para la madre). Estuvieron los dos muy felices porque ya tenían la parejita.

Mis dos primeros años de vida fueron difíciles, me atrapó lo que hoy llamamos eccema del lactante (Afección cutánea caracterizada por vesículas rojizas y exudativas, que dan lugar a costras y escamas) y mi piel era todo un poema. Me llevaron a muchos médicos y no daban con lo que tenía, parece ser que probaron con todas las cremas existentes en las farmacias y ninguna daba resultado, el médico del pueblo, don Francisco, muy amigo de mis padres, acordó probar con una inyección de leche materna y eso fue lo que me paró esas tremendas erupciones de mi piel.

El problema de mi piel era que yo me rascaba, porque me debería picar bastante, y me lo iba extendiendo por todo el cuerpo. Me contaba mi madre que, para dormir me ataban a la cuna, que me iba resbalando y conseguía rascarme, por eso decidieron ponerme dos cartones en los brazos y así no lo conseguía. Es decir, dormía crucificada, como Cristo en la cruz, vaya martirio que tuve en los comienzos de mi vida.

Ese problema parece que me hizo inmune a todas las enfermedades infantiles típicas de la época: sarampión, rubeola, varicela… mi hermano las pasó todas y yo ni una, cuántas cosas me pondrían para poder combatir todos estos virus.

Cuando empecé a comer, sufrí otro de los problemas de salud que aún me acompaña, mi madre estaba haciendo un potaje de garbanzos con bacalao y era costumbre mojar un trozo de pan, de corteza dura, para que los niños se entretuvieran chupándolo, mi contacto con el pescado fue tremendo, me puse como un monstruo, hinchada y llena de ronchas, me dijeron que era alergia al pescado y desde entonces no lo he probado, el solo contacto con él me da alergia y esto no se cura, más bien es una intolerancia alimentaria que me va a acompañar mientras viva.

Mis recuerdos de infancia son bonitos, en Gerena se vivía bien y mis padres disfrutaban de su hijo y de su hija, rodeados de amigos y familiares. Allí vivimos hasta que yo cumplí los trece años que nos vinimos a Sevilla porque mi padre empezó a trabajar en la Obra Sindical del Hogar.

Post publicado originalmente en “La Colina de Peralías”